domingo, 31 de julio de 2016

Capítulo 1





El 21 de octubre de 1854, Florence Nightingale, considerada la madre de la enfermería moderna, y un equipo de treinta y ocho enfermeras voluntarias a las que había entrenado personalmente, partieron hacia el imperio otomano. Salieron desde Londres, fueron transportadas unos 546 km a través del mar Negro desde Balaklava, en Crimea, hasta la principal base de operaciones británica en el cuartel de Scutari (Estambul), a la que arribaron en los primeros días de noviembre de 1854.


Capítulo 1
El hospital de las Barracas

Mediados de noviembre de 1854, cuartel turco de Scutari, Turquía

Anna se secó el sudor de la frente con la manga de su manchado vestido. A pesar de la época del año en la que estaban tenía mucho calor, cosa que se reflejaba en sus coloridas mejillas. Se sentía sucia y dolorida. Su uniforme gris, de tosca lana, estaba totalmente desaseado y el delantal que llevaba, en otro momento blanco, estaba lleno de sangre y otros fluidos corporales en los que no quería ni pensar. En el pelo, una cofia blanca, ridícula dadas las circunstancias, recordaba que en algún momento su pelo había estado peinado y recogido, y no revuelto y pegado a la cabeza y la cara como lucía ahora. Cogió aire intentando aliviar el cansancio que aquejaba a su frágil y delgado cuerpo. Se llevó la otra mano a los riñones a la vez que estiraba la espalda cual felino desperezándose, mientras el dolor que sentía se reflejaba en su delicado rostro. 

El golpe sordo y seco de los camilleros turcos al dejar caer al suelo el cuerpo inerte de un nuevo soldado, justo a los pies de su dorso, la hizo sobresaltarse y olvidar nuevamente todas las quejas de su cuerpo para ayudar al nuevo combatiente.
Apenas llevaba quince días en aquel cuartel, que hacía las veces de hospital central del cuerpo expedicionario inglés de la Guerra de Crimea, apodado como el hospital de las Barracas, y ya se arrepentía de su precipitada decisión de partir como enfermera hacia aquella guerra entre aliados y rusos.
Pero su vida en Londres, abocada a un casamiento de conveniencia con un hombre al que ni siquiera conocía y destinada a vivir confinada en una casa realizando tan sólo las labores de madre y esposa, se le antojaba decepcionante. Su decisión había sido recibida con la fuerte oposición de sus padres y de su hermana mayor. Pero Anna poseía un carácter muy fuerte y tenaz y su madre bien sabía que no podía, siquiera, intentar convencer de lo contrario a su indómita hija. Así pues, con el futuro de la familia asegurado por el casamiento de su hermana mayor con un conde, finalmente sus padres cedieron a sus deseos a regañadientes.
Se giró hacia el soldado que yacía semiinconsciente en aquel oscuro y sucio corredor y que estaba tendido en el suelo balbuciendo palabras ininteligibles.
Por un momento, mientras un oficial médico pasaba por delante del herido, dudó de si agacharse para socorrerlo. Pero, al ver la desidia en la cara de este al mirar a todos aquellos soldados y viendo que pasaba de largo como si no los viese, se agachó junto al joven tendido sobre el sucio y frío suelo. Aquel pasillo era como una gran sala infecta, húmeda y con las paredes mugrientas, llena de soldados esparcidos por doquier, medio desnudos, que inundaban no solo el suelo sino también el ambiente con su hedor asfixiante y sus gritos agónicos. Era un espectáculo horrible y triste, a la vez que conmovedor. Todos estaban cubiertos de barro y sangre. Deliraban, gemían, juraban, suplicaban y descansaban la cabeza, en el mejor de los casos, sobre una polaina o algún andrajo. Anna tuvo que espantar unas ratas que, enfurecidas, reaccionaron lanzándose contra el muchacho intentando morderlo, hasta que pudo ahuyentarlas del todo. Se inclinó ligeramente sobre él, ya que se encontraba a su lado, para comprobar su estado, e incorporó la cabeza del joven sobre su regazo.

¡Soldado! —susurró con suavidad, sacudiéndole ligeramente un hombro—. ¿Puede oírme? ¿Puede usted moverse o hablarme?
Alex estaba sumido en una penosa inconsciencia, llena de dolores, hasta que había notado el calor y la comodidad de su cabeza recostada sobre algo suave y cálido por primera vez en meses. Intentó abrir los ojos como pudo pero, aparte del tremendo esfuerzo que ese simple gesto le costó, la luz le cegó prácticamente la vista y supo que iba a morir. Lo comprendió cuando el ángel que acababa de ver le susurró dulces palabras que no fue capaz de comprender. Un ángel en forma de una preciosa mujer morena con mirada compasiva y rodeada de un aura celestial. ¡Por fin iba a dejar de penar! ¡Por fin iba a terminar todo aquel sufrimiento inútil! Quiso decirle algo a su ángel. Quiso que les transmitiera a sus padres que se había ido tranquilo y en paz, pero las palabras murieron en su garganta.
Anna se acercó al soldado herido más todavía, al ver que intentaba decirle algo, aunque no logró entender absolutamente nada.
Buscó ayuda con la mirada a su alrededor, pero desistió al no encontrar a ninguna de sus compañeras a la vista. Quería apartar a un lado al joven soldado para que, al menos, no lo atropellasen los ayudantes al traer nuevos heridos. Y de sobra sabía, en apenas aquellos primeros días, que ningún enfermero ni médico de aquel hospital estaría dispuesto a ayudarla.
Miró en la dirección de los camilleros turcos que entraban sin cesar, tirando a los combatientes al suelo desde los toscos soportes. Luego, desaparecían para ir a los barcos, desde donde traían a los heridos de las batallas, para transportarlos de la misma manera hasta el hospital.
—¡Por favor! —suplicó a uno de ellos con la mirada—. ¿Puede ayudarme a subir a este soldado a ese catre? —preguntó señalando hacia un rincón algo más recogido, donde había una especie de saco relleno de paja.
El turco le dirigió una lasciva mirada que la recorrió de arriba abajo y la llenó de asco.
—¿A cambio de qué? —dijo con una sonrisa de dientes negros, a los que faltaban más de la mitad de las piezas.
Iba a contestar, cosa que se reflejó en su enfadada cara, cuando una voz potente y seria llenó la sala.
—¡Desaparece de mi vista! —ordenó el oficial bruscamente al turco—. ¡Yo ayudaré a la señorita!
Anna se giró hacia el sonido de aquella grave voz y se encontró con la imponente figura de un oficial que, a juzgar por su uniforme y sus galones, debía de ostentar un alto cargo.
—¡Disculpe! —dijo Ana contrita—. No quería importunar a nadie. Tan solo pretendía transportar a este pobre soldado hasta aquel catre y quitarlo de en medio —dijo nerviosa—. Pero no se preocupe, ya me arreglo yo sola.

—¿Usted sola? —dijo desplegando una perfecta y blanca sonrisa que, por un momento, consiguió deslumbrar a Anna—. Ese soldado es más grande que usted y yo juntos. ¡Deje que la ayude!
El último comentario hizo que Ana se fijase más en su paciente, dándose cuenta de que, en realidad, era asombrosamente grande.
El oficial, sin aparente gran esfuerzo, levantó al herido, transportándolo hasta el sucio y pestilente catre que ella misma le había señalado.
—Es usted una de las enfermeras de la señorita Nightingale, ¿no es cierto? —afirmó más que preguntó el oficial.
Anna estaba sorprendida de que un oficial estuviese manteniendo una educada conversación con ella. Desde su llegada, los médicos militares habían demostrado abiertamente su oposición a la presencia de las treinta y ocho enfermeras que allí habían llegado en su ayuda, siendo contrarios, no solo a la presencia de civiles, sino a su condición de mujeres. Pero la riada de heridos de la batalla de Balaklava del 25 de octubre y la de Inkerman, unos días después, había cambiado la situación y los médicos cedieron a la necesaria ayuda de las enfermeras. Aun así, los conflictos seguían desarrollándose continuamente y el trato distaba mucho de ser, aunque solo fuese, meramente educado.
Fue por ello que Anna solo atinó a asentir con la cabeza, mientras observaba desconcertada al guapo oficial.
—Y, ¿puedo saber su nombre o tengo que dirigirme a usted como señorita enfermera? —demandó con una sonrisa burlona en sus bonitos labios.
—Anna —dijo esta, reaccionando ante su ironía—. Anna St. James.
—Bien, Anna —dijo poniéndose en pie, demostrando así su imponente y atlético porte—, espero que nos veamos más a menudo por aquí, aunque no como paciente, claro —comentó jovial—. No dudo que cualquier soldado estaría más que agradecido de obtener sus maravillosos cuidados, pero permítame que no los desee en estas circunstancias.
—¡Nadie debería encontrarse en estas circunstancias! —expresó con pesar, con una tímida sonrisa en los labios.
—Veo que su compasión solamente es superada por su belleza, Anna —dijo acariciando su nombre.
Anna se sonrojó sinceramente ante aquel galanteo inesperado y, por qué no, necesario en la situación en la que se encontraban y en un lugar como aquel. Cualquier gesto de cariño o simpatía era más que bien recibido.
Las voces de otro soldado protestando al fondo del pasillo llamaron la atención del hombre, que se giró en su dirección.
—¡Debo irme! —expresó con cierta aflicción—. El deber me llama… o más bien mis hombres. —Volvió a sonreír con aquella perfecta hilera de dientes blancos—. Soy el comandante James Wilson —dijo extendiendo su mano para tomar la de la joven y depositar un dulce beso en su dorso—. ¡Para servirla, Anna!
La joven, que ni se había incorporado del suelo al lado del catre de su paciente, experimentó un dulce cosquilleo en la boca misma del estómago. Pero las murmuraciones inconexas de su joven soldado, batallando por sobrevivir, volvieron su total atención hacia él.
—¡Soldado! —volvió a repetir—. ¿Puede oírme?
El muchacho luchaba por balbucir algo que ella no llegaba a entender. Buscó a su alrededor y encontró la jarra de vino que ella misma había llevado al pasillo y no sabía dónde había dejado. Al verla, se incorporó apoyándose en el sucio catre, dándose cuenta de que estaba impregnado de los orines y las heces de su anterior ocupante. La repugnancia hizo que mirase con asco sus, ya de por sí, sucias manos. Pero ni siquiera había agua donde lavárselas, así que tuvo que frotarlas nuevamente en sus viejas faldas. Regresó al momento con la jarra y un vaso para ofrecer algo de vino al, seguramente, sediento soldado. Lo incorporó nuevamente en su regazo y lo observó mientras el joven tragaba con bastante dificultad. Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de lo guapo y diferente que era aquel muchacho. Su pelo, al igual que su barba desaliñada de varias semanas, era de un rubio casi albino y lo debía de haber llevado muy corto en su momento, puesto que ahora,
bastantes días después de la batalla, todavía no lo llevaba largo. Sus rasgos eran duros y angulosos, con prominentes pómulos y una fuerte mandíbula con ancho mentón. Pero, en contraposición a aquella supuesta rudeza, sus labios eran gruesos, llenos y dulces y, durante el breve instante en el que había abierto los ojos, la pureza de su azul la había desconcertado. Era el rostro más bello que había visto en toda su vida. Cuando terminó de beber, como buenamente pudo, volvió a intentar hablar y Anna se incorporó algo más sobre él para prestarle así toda su atención y poder, por fin, entender cuanto decía el herido.
Spasibo tebe, moy angel… —murmuró el soldado con apenas un hilo de voz.
Anna sintió una oleada de pánico que consiguió que se comenzase a marear.
—¿Disculpe? —susurró ella a su vez, ocultando más aún a su paciente para que nadie más que ella pudiese oírle hablar mientras buscaba, en todas las direcciones, con la mirada llena de terror, intentando averiguar si alguien los había oído.
El joven volvió a abrir los ojos deslumbrando con su mirada febril, luminosa y delirante, a una Anna que no supo cómo reaccionar.
Moy angel
En ese momento, pasó por allí cerca un soldado y Anna volcó, prácticamente, el contenido del vaso de vino en la boca del joven, en un tonto intento de que no se le escuchase.
Nunca supo por qué hizo aquello… Tiempo después, buscó dentro de sí misma y nunca encontró nada que le explicase aquel comportamiento repentino e insensato que cambiaría por completo el curso de su vida. Pero, en aquel momento, algo más fuerte que ella misma la obligó a ocultar a aquel joven soldado que, juraría, acababa de hablarle en ruso.

¿Qué os parece? ¿Os apetece seguir leyendo? ¡Ojalá que sí!
¡Un beso enorme!

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